domingo, 25 de enero de 2009

hiberno



A pesar de haber nacido una tarde de invierno, nunca he llegado a acostumbrarme del todo al frío. Siento como mi alma y mi corazón se esconden protegiéndose de la bajas temperaturas. Ando destemplada y contenida entre capas y capas de tejido que cubren mi piel en colores oscuros y tristes. Tal y como viste mi alma en este momento. Ánima maltrecha y cansada. A juego con mi cuerpo y mente. Y un corazón que apenas late por nada ni por nadie. A estas alturas de mi vida, me pregunto dónde ha ido a parar esa mujer que ansiaba habitar una vida llena de calorcito y emociones, tan preocupada por encontrar una felicidad que sólo otra esencia nos puede aportar. Felicidad que sólo nos baña a momentos. Mentiras que convertimos en verdades, a fuerza de imaginar que todo puede cambiar alguna vez, que es posible otra vida, y es posible otro sueño. Pero la realidad es bien distinta; nunca podremos encontrar algo que nos negamos continuamente. Y es que, a cada paso que damos, vamos cerrando puertas, negando cualquier posibilidad de retorno. Nos da miedo equivocarnos, caer en viejos errores que por sabidos y dolorosos nos puedan hacer tropezar y caer otra vez en el mismo lugar y a la misma hora. Y nuestra naturaleza ya no es la misma, la caída podría ser traicionera y dolorosa, y la fuerza para volver a edificar, ya no es igual a la de antaño. Somos viejos y diablos y sabemos de que va la historia. Nada es eterno y todo, tarde o temprano finaliza. Eso es lo que nos inquieta y nos domina. Y así preferimos refugiarnos de las maldades del mundo, bajo capas de ateísmo a todo aquello que nos susurre un cuento de final feliz. Observamos con recelo a aquellos que nos cantan que la vida puede ser celestial y sonrosada. Y sonreímos de reojo. Y no nos lo creemos. Tal vez seguimos un dogma equivocado o tal vez no seguimos ninguno. Nos inventamos cada día, a fuerza de caminar sin rumbo. Abrigados hasta las cejas para que nada nos quebrante. Ni siquiera un soplo de viento suave. Una inexistencia que traspasa convirtiéndose en nada. Sueños que se apagan, a falta de calor que los avive. Sueños de azúcar que tal vez no mereciera, que no merecemos. Como alguien me dijo una vez, parafraseando a Octavio Paz, hemos de merecer aquello que soñamos. Aunque tal vez hubiera preferido no saber interpretar esas palabras y pensar que también, a veces, los sabios se equivocan.